LA BÚSQUEDA DE LA EXCELENCIA.

 

 

LA BÚSQUEDA DE LA EXCELENCIA.


La virtud de la excelencia, a menudo considerada como el camino dorado hacia el desarrollo personal y profesional, tiene raíces profundas en nuestra historia y cultura. La búsqueda de la excelencia no es simplemente un objetivo a alcanzar, sino un compromiso con el proceso de mejora continua. Reflexionar sobre este concepto nos lleva a entender que la excelencia abarca cada aspecto de nuestra vida.

Imaginemos, por un momento, la parábola de dos jardineros. El primer jardinero se esfuerza cada día en cuidar su jardín. Él riega las plantas, les da el sol que necesitan, las poda en los momentos adecuados y les habla con cariño. Por otro lado, el segundo jardinero siembra semillas, pero no las cuida. A veces se olvida de regarlas, y otras, simplemente las deja a su suerte ante los caprichos del clima.

Con el paso del tiempo, el jardín del primer jardinero florece, desbordando colores y aromas, mientras que el del segundo permanece tullido y árido. La diferencia entre estos dos jardineros no radica en las semillas que han plantado, sino en la atención y amor que cada uno les ha dado. Aquí radica la esencia de la excelencia: no es solo el resultado final, sino el esfuerzo, la dedicación y la pasión invertidos en cada acción.

En nuestra vida cotidiana, la excelencia se manifiesta en nuestra disposición a aprender y mejorar. Tomemos como ejemplo a un chef. Aquel que se conforma con seguir recetas de memoria puede preparar una comida decente, pero el verdadero chef que busca la excelencia experimenta, crea y perfecciona cada plato. Con cada nuevo intento, cada error lo enfrenta con humildad, adquiere conocimiento y, a través de su paciencia, transforma los ingredientes ordinarios en una obra maestra culinaria.

La búsqueda de la excelencia también se ve reflejada en las relaciones humanas. Imaginemos a un maestro que enseña. Un maestro que se limita a impartir lecciones y calificar trabajos puede cumplir con su función, pero es el que se preocupa por sus alumnos, que escucha sus inquietudes y que se esfuerza por inspirar, quien realmente deja huella. Su dedicación a no solo educar, sino a formar seres humanos completos, es un testimonio del impacto que la excelencia puede tener en la vida de otros.

La parábola del río puede ilustrar aún más este concepto. Existe un río que fluye serenamente, su corriente se adapta a los obstáculos que encuentra, pero jamás se detiene. En cambio, hay ríos que se desbordan con furia, pero pronto se encuentran estancados en charcas. La excelencia es como el río que sabe fluir, adaptándose a las circunstancias de la vida, siempre buscando avanzar, sin perder su esencia.

La búsqueda de la excelencia, sin embargo, no está exenta de desafíos. Nos enfrentamos a tentaciones de la complacencia, de lo fácil y lo cómodo. Vivimos en un mundo donde la gratificación instantánea parece ser la norma, pero es precisamente en esos momentos cuando debemos recordar que la verdadera grandeza se encuentra en el esfuerzo sostenido, en el viaje hacia nuestras metas.

Al final, la virtud de la excelencia nos invita a reflexionar sobre nuestro propio jardín, nuestra vida. ¿Estamos dispuestos a ser los jardineros que cuidan, que nutren, que buscan la mejora constante en cada aspecto de nuestro ser? Al cultivar la excelencia, no solo transformamos nuestras vidas, también impactamos a quienes nos rodean, dejando un legado de crecimiento y superación.

Por lo tanto, alzamos la mirada y nos comprometemos a abrazar la excelencia en cada acción: en nuestra forma de trabajar, de amar, de enseñar y de vivir. En este viaje, cada pequeño paso cuenta, y cada acción nos acerca un poco más a la mejor versión de nosotros mismos. La búsqueda de la excelencia no es un destino, sino un camino enriquecedor que nos transforma y nos eleva.


Reflexiones sobre la Excelencia en un Contexto de Desafíos Sociales.


Tras esta primera reflexión, lamento profundamente los tiempos convulsos que vivimos en España, marcados por políticas polarizadas y un clima social tenso. Al observar la realidad con objetividad, sin caer en la crítica partidista, nos encontramos ante un escenario que parece mastodóntico, donde las instituciones a menudo están alejadas de las necesidades de los ciudadanos y se enfrentan a políticas erráticas, cambiantes y, en ocasiones, carentes de sentido. El famoso “donde dije digo, digo Diego” se ha vuelto una norma.

En nuestro parlamento, cada grupo político se opone sistemáticamente a las propuestas de su rival, no por la calidad e incoherencia de las mismas, que aveces también, pues la mediocridad parece haber tomado las instituciones parlamentarias. Por lo tanto simplemente la oposición a determinadas propuestas es simplemente porque provienen del contrario. Este juego perpetuo ha socavado la posibilidad de construir un consenso que beneficie al conjunto de la sociedad.

He perdido la cuenta de cuántas reformas en educación se han aplicado a lo largo de los años. Sin embargo, la realidad es que, a excepción de algunos logros, nuestros jóvenes muestran una alarmante falta de conocimientos en áreas fundamentales. El desarrollo del pensamiento crítico y reflexivo se ha dejado de lado, mientras principios esenciales como el esfuerzo, la gratitud y la educación social parecen haber perdido su relevancia. En ciertos territorios, el adoctrinamiento se impone y se acepta la mediocridad como norma. Desde esta perspectiva, difícilmente se puede construir un país sólido. Así que, desde esta perspectiva, de aquí a quizá no mucho, podamos ver multitudes caminando alegremente y sin preocupaciones por las verdes praderas de la ignorancia, y bebiendo de las aguas del río de las lamentaciones.

Aquellos que se forman como profesionales altamente capacitados se encuentran con un ecosistema de emprendimiento que es, en muchos aspectos, una cruzada desafiante y llena de obstáculos y peligros. La carga impositiva, más confiscatoria que recaudatoria, desanima incluso al emprendedor más entusiasta.

La cultura ha perdido protagonismo en nuestro día a día. En los programas televisivos predominan en superficialidad, y muchos jóvenes consideran que su máxima aspiración es ser influencers o TikTokers, mientras los profesionales como médicos, enfermeras, informáticos y arquitectos buscan oportunidades en otros países que les ofrezcan un futuro prometedor. Mientras tanto, el comercio local, las PYMES y quienes trabajan arduamente en sus comunidades se preguntan cómo lograrán cerrar el mes con menos deudas en el banco.

Hemos olvidado el principio de la excelencia, que implica superarse en algo, pero siempre acompañado de una connotación positiva. Por ejemplo, el gesto amable de alguien que facilita el asiento a su acompañante en un restaurante demuestra una actitud de excelencia, marcada por la cortesía y la empatía.

Sin embargo, no es sorprendente encontrar a alguien en la televisión o en la vida cotidiana que declare: “Antes me bebía media botella de vino. Hoy me bebo una entera. Soy un excelente borracho.” Este tipo de afirmaciones no revelan un principio de excelencia, sino más bien una degradación del individuo. Por supuesto, cada uno es libre de disfrutar de una botella de vino si así lo desea, pero es fundamental resaltar la connotación negativa que puede acompañar ciertos comportamientos que cada día están más arraigados en nuestra sociedad.


En resumidas cuentas, el barco se hunde, pero la orquesta sigue tocando, sin que muchos se percaten del agua que inunda nuestras vidas nos llega al cuello.


Esta es mi humilde opinión.


Rafael Sabater Boix

6 de octubre de 2024.



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