De la Suposición al Desastre. ( I )

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De la Suposición al Desastre. ( I )

Hace ya algún tiempo, escuché una frase que, con la perspectiva que otorgan los años, he llegado a suscribir como una verdad incontestable: "La suposición es la madre de todos los desastres".

Antes de desarrollar la profundidad de este título tan resolutivo, reflexionemos. Imaginemos qué se nos pasaría por la mente si nuestro interlocutor respondiese con asiduidad a nuestras interpelaciones con un evasivo "supongo". Inevitablemente, nuestro juicio oscilaría entre percibirlo como un individuo carente de rigor, un profesional incompetente, o quizás, una persona que padece una profunda desidia intelectual, reacio a la acumulación y verificación del conocimiento.

Llegados a este punto, hemos de observar que la suposición, o más bien la hipótesis, es un componente necesario del pensamiento lógico. La mente traza lo que, en principio, parece ser el camino más probable. De hecho, durante mi periodo de formación académica en Operaciones Especiales, se nos instruyó en un principio fundamental de la defensa: al asegurar una posición, siempre entran en juego dos factores ineludibles. Debíamos proteger con igual celo el punto de acceso más probable y el más peligroso.

Evidentemente, en esta dualidad existe un componente de suposición, pero es una suposición cualificada; una hipótesis fundamentada en el conocimiento teórico y práctico de la estrategia militar. A partir de este análisis de probabilidades, se genera un plan de defensa que contempla múltiples factores y posibilidades, así como un robusto plan de contingencia para contrarrestar cualquier fallo o brecha en la seguridad. Esta no es la suposición vana del negligente, sino la proyección informada del estratega.

El Desastre Manifiesto

Ilustremos el peligro de la suposición no verificada con un ejemplo dramático: El Señor Suárez es un experimentado piloto de aerolínea. Se dispone a iniciar un vuelo transatlántico con doscientos pasajeros, cubriendo la ruta desde La Coruña hasta el aeropuerto JFK en Estados Unidos. Con los pasajeros y la tripulación embarcados, inicia la metódica revisión de la lista de protocolos de despegue.

En un momento crucial, consulta sobre el estado del combustible, a lo que el segundo comandante responde: "Supongo que están llenos".

Aquí se produce la fractura. El Señor Suárez, en un acto de complacencia o quizás por una distorsión de la confianza, interpreta ese "supongo" como una respuesta afirmativa. No cuestiona, no exige la verificación visual, no corrobora la información con la tripulación de tierra.

El vuelo despega. En mitad del trayecto, sobre la inmensidad sombría del Océano Atlántico, los motores se silencian por falta de combustible. El avión se precipita al mar. No hay supervivientes. Es en este preciso instante donde la suposición, la falta de rigor, se materializa en desastre irreversible.

La Suposición Cotidiana

Desdramaticemos el concepto y trasladémoslo a acciones más cotidianas, donde la suposición sigue siendo un factor clave, aunque con consecuencias menos fatales.

Digamos que deseo comer lentejas el próximo lunes. Es de dominio público que el "Bar Valery" sirve lentejas como parte de su menú de los lunes. Basado en esta información (mi suposición), me dirijo al restaurante. Sin embargo, al llegar, me informan que el menú ha cambiado: el proveedor habitual no ha podido realizar la entrega esa mañana.

Mi suposición era lógica, incluso probable, pero me faltó el paso esencial: la verificación. Una simple llamada telefónica habría bastado. ¿Cuál fue la consecuencia de mi suposición no cotejada? Terminé comiendo sopa castellana.

Este hecho, en sí mismo, no supone un peligro vital. A menos, claro está, que yo padeciera una intolerancia extrema a algún componente de dicha sopa, que me provocase un shock anafiláctico, desencadenando un espasmo de glotis y una parada cardiorrespiratoria subsecuente. Pero eso, como bien podríamos argumentar, sería hilar demasiado fino... o quizás no.

Conclusiones y el Error de Pepiño

¿Qué podemos extraer de estas reflexiones?

  1. La suposición debe ir acompañada de la verificación de la información. Cuanto mayor es el riesgo potencial (un avión), mayor debe ser el rigor en la verificación (combustible).

  2. La suposición puede ser el refugio de la mediocridad. Es el comodín perfecto para aquel que se ampara en la desidia, evitando el esfuerzo de cotejar la información y asumir responsabilidades.

  3. La suposición no verificada, tarde o temprano, desemboca en un desastre, ya sea la pérdida de un vuelo transatlántico o, simplemente, la frustración de quedarse sin lentejas.

  4. La suposición, frecuentemente, se basa en la falta de conocimiento o en la aplicación de analogías incorrectas.

Para muestra de esto último, un botón. El Señor Pepiño era un hombre de lógicas sencillas. Él sabía que "ingrato" significaba que no era grato; que "insano" significaba que no era sano; y que "inútil" significaba que no era útil.

Un fatídico día, Pepiño decidió encender un cigarro junto a unos bidones que mostraban claramente el cartel: INFLAMABLE. La explosión fue considerable. Ese día, el pobre Pepiño murió, víctima de una suposición filológica.

El error de Pepiño fue trágico, pero ilustra un punto crucial sobre el conocimiento. Él supuso que el prefijo "in-" funcionaba siempre como una negación (prefijo privativo), como ocurre en "ingrato" (del latín in- "no" + gratus "grato").

Sin embargo, Pepiño ignoraba que el idioma es complejo y que existen prefijos homógrafos, palabras que se escriben igual pero tienen orígenes y significados distintos. En el caso de "inflamable" (del latín inflammāre), el prefijo "in-" no significa "no", sino "en" o "hacia adentro", indicando la capacidad de entrar en llamas, de prenderse fuego con facilidad. Paradójicamente, "inflamable" significa exactamente lo mismo que "flamable"; su opuesto sería "ignífugo" o "no inflamable". La suposición de Pepiño, basada en una analogía lingüística incompleta, fue fatal. Ese día murió Pepiño.



Reflexión Final: La Paradoja de la Trascendencia

La suposición, podríamos concluir, solo debería aplicarse a aquello que sea verdaderamente intrascendente. La usamos para evitar sobrecargar nuestro sistema cognitivo en la toma de decisiones menores.

Ahora bien, esto nos aboca a dos preguntas fundamentales que cierran el círculo de nuestra reflexión: ¿Existe realmente la intrascendencia de los hechos y las acciones, por poco importantes que estas parezcan? ¿O estamos continuamente sometidos, como hojas al viento, al inexorable efecto mariposa?

Nos encontramos ante una de las grandes paradojas de la existencia: la tensión entre la causalidad y la relevancia.

Desde una perspectiva pragmática y humana, la intrascendencia debe existir. Es un mecanismo de supervivencia cognitiva. Para funcionar, nuestro cerebro necesita filtrar, categorizar y, en esencia, suponer que la elección entre la sopa castellana y la ensalada mixta no alterará el destino del cosmos. Si sopesáramos cada acción nimia con la gravedad de un cataclismo potencial, viviríamos en un estado de parálisis decisoria, aplastados por la ansiedad de una responsabilidad infinita. La intrascendencia es el filtro que nos permite actuar.

Sin embargo, desde una perspectiva filosófica y física, todo está interconectado. El "efecto mariposa", más que una metáfora poética, es un concepto central de la teoría del caos: en un sistema determinista no lineal, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden (aunque no siempre lo hagan) generar resultados drásticamente divergentes. Cada acto, por minúsculo que sea, es una causa que se inserta en la cadena del universo. No podemos ver las ondas que genera nuestra sopa castellana, pero esas ondas existen y se propagan.

La resolución de esta paradoja no es lógica, sino práctica. Vivimos simultáneamente en ambos mundos: en un universo de causalidad total y en una realidad práctica de "intrascendencia probable".

La sabiduría no radica en negar la suposición -pues es necesaria para vivir-, sino en saber cuándo utilizarla. El desastre ocurre cuando aplicamos la suposición de lo intrascendente (confiar en que habrá lentejas) al ámbito de lo trascendente (confiar en que el avión tiene combustible).

La verdadera inteligencia consiste en discernir la diferencia.



Fdo:

Rafael Sabater Boix en San Vicente del Raspeig, a 17 de noviembre de 2025


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