DE PÍCAROS, HIDALGOS Y AMNESIAS CONTEMPORÁNEAS
DE PÍCAROS, HIDALGOS Y AMNESIAS CONTEMPORÁNEAS © 2026 por RAFAEL SABATER BOIX Tiene licencia bajo CC BY-NC-ND 4.0
DE PÍCAROS, HIDALGOS Y AMNESIAS CONTEMPORÁNEAS
La literatura española tiene el dudoso honor de haber patentado un arquetipo que, lejos de quedarse a vivir en los polvorientos volúmenes de los siglos pasados, ha demostrado una asombrosa capacidad de adaptación al medio. Hablo, cómo no, del pícaro. A veces la memoria nos baila los nombres, pero el espíritu permanece intacto. Suele venir a la mente aquel fascinante Diego de Torres Villarroel, el último gran pícaro de nuestras letras, que en pleno siglo XVIII nos dejó unas memorias donde la supervivencia y la picaresca se elevaban a la categoría de arte. Torres Villarroel cerraba un círculo que, en realidad, nunca ha dejado de girar en España.
Si miramos atrás, hacia las raíces de este árbol torcido del que todos parecemos colgar, nos topamos inevitablemente con el Lazarillo de Tormes. Lázaro nos enseñó que en esta tierra la virtud es un lujo y el hambre, el verdadero motor de la historia. Pero la picaresca española tiene un matiz que la hace única: el autoengaño, esa pátina quijotesca que nos empuja a disfrazar la miseria moral con ropajes de gran dignidad. Recordarán al escudero del Lazarillo, aquel amo que se paseaba por Toledo con la capa bien terciada, palillo en boca para fingir que había comido, mientras en su casa no había ni ratones por falta de migas. Era un pícaro a su manera, un Quijote de la supervivencia que prefería mantener intacto el relato antes que admitir la cruda y corrupta realidad que le rodeaba.
Y es aquí donde la literatura clásica se da la mano con el telediario de hoy. Porque en la España contemporánea los pícaros ya no visten harapos, no sirven a ciegos avaros, ni necesitan robar racimos de uvas de tres en tres. Hoy visten trajes a medida, viajan en coche oficial y dominan la retórica del idealismo. Poseen ese mismo aire quijotesco del escudero de Lázaro: nos hablan de grandes gestas, de luchar contra los molinos de la desigualdad y de defender altísimos valores democráticos, mientras debajo de la capa, en la trastienda de sus ministerios, se cuecen los mismos garbanzos de siempre.
La analogía resulta casi dolorosa si prestamos atención a las recientes declaraciones del presidente del gobierno, Pedro Sánchez, asegurando que no sabía absolutamente nada de los nidos de corrupción que anidaban a su alrededor. Es una escena digna del mejor Siglo de Oro. En el Tratado Quinto del Lazarillo, el buldero (aquel vendedor de bulas falsas y promesas vacías) monta grandes teatros para engañar al pueblo, mientras Lázaro, el espectador más cercano, calla y aprende.
El líder actual, rodeado de conseguidores, comisionistas y tramas que florecen a la sombra de su propio despacho, adopta la postura del amo sorprendido. «Yo no sabía nada», nos dice, con la misma cara de inocencia con la que Pedro del Rincón y Diego Cortado jurarían ante Monipodio ser almas puras. Porque, al igual que los célebres Rinconete y Cortadillo descubrieron al llegar a la opulenta Sevilla —aquella puerta a las Indias, capital mundial de buscavidas y pillos— que no se podía robar por libre, hoy en día parece que los despachos han heredado esa misma estructura. En el siglo XVII, nadie metía mano a la bolsa de un mercader sin estar apuntado en el libro de Monipodio y sin abonar la correspondiente "comisión" a este padrino del sindicato del crimen. Lo fascinante, y lo que conecta directamente con nuestro presente, es la doble moral del asunto: aquella cofradía de ladrones y matones rezaba devotamente y encargaba misas con el botín robado para limpiar sus conciencias. Hoy, ese famoso "patio de Monipodio", con su jerarquía inquebrantable, su férreo control de comisiones y mordidas, y su cínica falsa piedad, es la metáfora perfecta de una corrupción institucionalizada que predica la más alta virtud moral en la tribuna mientras hace caja en los pasillos.
Resulta un insulto a la inteligencia, sí, pero sobre todo es un homenaje involuntario a nuestra literatura. Exigir credibilidad a un líder que afirma desconocer los manejos de su círculo más íntimo es como creer que Monipodio no llevaba la contabilidad de los hurtos de sus pupilos, o que el ciego no sabía que Lázaro le estaba bebiendo el vino con una paja de centeno. En la novela picaresca, el que no sabe, consiente; y el que consiente, sobrevive a costa de los demás.
Quizá debamos aceptar que España no ha cambiado tanto. Hemos asfaltado los caminos de polvo y hemos sustituido las ventas cervantinas por despachos institucionales, pero la esencia del pícaro sigue ahí, intacta. Sigue siendo el país donde el que la hace no la paga, siempre y cuando sepa poner cara de hidalgo ofendido, mirar hacia otro lado y culpar al escudero. Torres Villarroel se reiría a carcajadas. Lázaro, simplemente, encogería los hombros y seguiría buscando un amo al que arrimarse. Y nosotros, el pueblo llano, seguimos pagando el vino para que otros se lo beban.
Fdo.
Rafael Sabater Boix en San Vicente del Raspeig a 5 de junio de 2026

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