LA DIVINA AMNESIA: DE MITRAS, GOLES Y DOCE CAMPANADAS

  

AMNESIA: DE MITRAS, GOLES Y DOCE CAMPANADAS © 2026 by Rafael Sabater Boix tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0

La divina amnesia: de mitras, goles y doce campanadas

Si en mi última disertación divagué sobre Pícaros, hidalgos y amnesias contemporáneas, el asombroso vodevil de los últimos acontecimientos patrios me obliga hoy a retomar la pluma. La realidad, siempre dispuesta a superar a la ficción, nos ha regalado estampas dignas de un minucioso análisis.

El primero de estos prodigios terrenales no ha sido otro que la histórica visita de Su Santidad León XIV; un evento capaz de movilizar a hordas de fieles —y a una nada desdeñable legión de curiosos—, llenando estadios con el fervor que habitualmente se reserva para las estrellas del rock. Sin duda, supuso un catártico revulsivo para esta piel de toro; un bálsamo efímero para una ciudadanía hastiada de la incesante trinchera política diaria, que por fin pudo asistir a un espectáculo genuinamente novedoso. Sin embargo, más allá de la anécdota de masas, fueron los sucesos periféricos los que verdaderamente cautivaron mi asombro.

Me refiero, en primer lugar, a la inaudita intervención del Pontífice en el Congreso de los Diputados. Sus señorías fingieron escuchar con el máximo interés un mensaje de concordia que, a decir verdad, bien les convendría aplicarse. No faltaron, por supuesto, los furtivos bostezos desde los escaños mientras el Santo Padre diseccionaba nuestra amada polarización política; esa misma que a menudo se adereza con un léxico que transita de lo puramente vulgar a lo deliciosamente chabacano.

El clímax de la jornada, no obstante, llegó con el epílogo. Tras concluir su alocución, el Santo Padre fue agasajado con una ovación ininterrumpida de más de siete minutos. Por un fugaz instante, llegué a fantasear con la idea de que España había hallado el antídoto contra su cainismo crónico, como si las rencillas se hubieran disipado por obra y gracia de la intervención divina. Iluso de mí. Lo verdaderamente fascinante —y aquí la ironía alcanza cotas sublimes— fueron las exégesis posteriores que cada facción extrajo del discurso papal. Las izquierdas salieron del hemiciclo pletóricas, convencidas de que el Vicario de Cristo había avalado su postura sobre la crisis migratoria. Las derechas, por su parte, abandonaron el recinto henchidas de gozo, seguras de que la homilía había sido una condena directa a la corrupción política y a la pérdida de los valores tradicionales.

En resumidas cuentas: quien no encontró en las palabras del Papa una justificación a medida para su propio argumentario, es simple y llanamente porque carecía de imaginación.

Y como colofón a esta apoteosis nacional, irrumpe la inauguración del Mundial de Fútbol. Un fenómeno de masas capaz de congregar a multitudes aún mayores, si cabe, que las citadas líneas arriba. He aquí el momento exacto en el que el opio del pueblo se dispensa a raudales, logrando que las seculares rencillas celtíberas queden piadosamente aparcadas durante noventa minutos exactos cada vez que juega la Selección. Esa bendita amnesia colectiva vuelve a florecer y, por un ratito, todos los españoles somos hermanos, una falange impenetrable que, de prolongar su euforia noventa días en lugar de noventa minutos, tal vez erradicaría todos los males del mundo. Es un trance místico, muy similar al rito de las campanadas de Fin de Año: un instante mágico donde, ataviados con dudosas prendas rojas e ingiriendo uvas a contrarreloj, invocamos a la esperanza de modo casi chamanítico y nos sonreímos mutuamente, ignorando la fatalidad que nos aceche a la mañana siguiente.

La moraleja, por tanto, se antoja diáfana: esta nación necesita con urgencia importar más Papas de Roma, decretar más horas de fútbol oficial y adelantar el consumo masivo de uvas de Nochevieja. Solo así lograremos que la esquiva calma y la sagrada concordia reinen, de una vez por todas, en nuestros atribulados corazones.




Firmado:

Rafael Sabater Boix, en San Vicente del Raspeig a 13 de junio de 2026

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