La divina amnesia (Segunda Parte): de censos, circos y platos de lentejas

  

La divina amnesia (Segunda Parte): de censos, circos y platos de lentejas

Si en mi anterior misiva dejábamos a esta vieja piel de toro sumida en el éxtasis místico de las bendiciones papales y el rodar del esférico, los designios de nuestra actualidad me obligan, casi por prescripción médica, a retomar la pluma. Y es que hoy, 4 de julio, fecha inmejorable por celebrar el cumpleaños de mi padre, Rafael Sabater Lillo —quien junto a Vicente Llopis Pastor y Julián plantara hace ya veinticinco años la semilla de nuestros queridos "Almorçarets Sanvicenteros"—, contemplo con estupor cómo el asombroso vodevil nacional no solo continúa, sino que ha estrenado nueva temporada.

Nuestra amada España asiste hoy al espectáculo de un Gobierno que deambula herido de muerte. El número uno del Ejecutivo se encuentra cercado por un cerco de infames despropósitos que dejarían a la picaresca del Siglo de Oro en un mero juego de aficionados. La crónica diaria nos desayuna con el sainete del "Caso Ábalos", las andanzas nocturnas del "Tito Berni", los desvelos de la directora de la Guardia Civil y las intrigas de la fontanera mayor del partido. Por si el menú fuera escaso, reaparece en escena el expresidente de la sonrisa inescrutable y las cejas circunflejas, envuelto en oscuros hidrocarburos y unas misteriosas alhajas cuyo origen nadie alcanza a descifrar.

Y ante la exigencia ciudadana de una mínima explicación, ¿cuál es la magistral respuesta de esta particular cofradía? El inagotable, infantil y patético «y tú más». Una muletilla que se ha convertido en el único catecismo oficial, perpetrando un insulto diario y sistemático a la inteligencia de los españoles. Agotado está uno de contemplar cómo la mediocridad se disfraza de argumentario político.

Pero hete aquí que, sintiendo el naufragio, nuestros insignes timoneles han pergeñado una maniobra de salvamento digna del mejor tahúr: la repentina urgencia por aprobar una ley que otorga, en un acto de supuesta "justicia histórica", la nacionalidad española a hijos y nietos de exiliados. Que nadie se llame a engaño; bajo este manto de filantropía no se esconde otra cosa que un intento burdo y desesperado por alterar el censo electoral. Una milagrosa multiplicación de los panes y los votos para intentar sostener los cimientos de un castillo de naipes que se desmorona irremediablemente.

Y cuando el clamor popular amagaba con tornarse ensordecedor y amenazaba con exigir responsabilidades reales... ¡Hágase la luz! ¡Ha sonado el silbato! En este bendito Mundial de 2026, España acaba de clasificarse para los octavos de final. Ya lo inventaron los césares en la antigua Roma, sabedores de que para gobernar a una plebe descontenta bastaba con ofrecerles panem et circenses, pan y circo. Hoy el Coliseo tiene forma de estadios ultramodernos, y los gladiadores visten pantalón corto y calzan tacos, pero el efecto anestésico sigue siendo infalible. Esta clasificación es la dosis perfecta de amnesia en vena para un pueblo adormecido; un antídoto milagroso que acalla las corruptelas, silencia los escándalos y disuelve las crisis institucionales en un grito unánime de "¡Gol!".

Por fortuna, o quizá por simple inercia cósmica, el sol ha vuelto a salir esta mañana y sigue brillando con la misma indiferencia de siempre. Porque más allá del circo romano de nuestros días, de los malabares electorales y de la estulticia política, la vida real continúa inasequible al desaliento. Y mientras en las altas esferas juegan a los dados con nuestro futuro, el estoico españolito de a pie se levanta, se sacude el hastío y se afana en su heroica y silenciosa batalla diaria: la de llevar, con el sudor de su frente, un honrado plato de lentejas a su mesa para él y para los suyos.

Firmado: Rafael Sabater Boix, en San Vicente del Raspeig a 4 de julio de 2026

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